Lucero del alma mía
cuanto amor desprendías,
que eran tus ojos y son
los que tienen esa fuerza,
ese ardor de juventud.
Que eran y son tus cabellos dorados,
los que arremolinan mis sentidos,
o tus manos de porcelana,
vírgenes, inexpertas aun,
suaves como de algodón,
que todavía se arañan,
acariciando mi barba rala.
Como tu media lengua de trapo,
que pronto romperá,
con mil palabras, mil preguntas.
Que eran y son tus besos pedigüeños
como milagrosos ungüentos,
para mi cansada cara...
mi vieja alma.
Y aquellos temblorosos abrazos,
de un hombre, ayer bebe,
niño hombre hoy,
mañana hombre tal vez.
Hijo de mis entrañas todas,
que hasta el último poro de mi piel,
es tuyo, que para ti,
es mi vida entera,
mi saber, poco
y mi hacienda parca,
también tuyos.
Que fueron y son mis amores hacia ti,
lo más puro de este mundo,
lo mas limpio y cristalino.
Amores de un hombre duro,
sin tiempo para quererte
sin tiempo para enseñarte.
Que fueron y son estos versos,
que te escribió tu padre,
lágrimas derramadas, una a una,
rato a rato, por no saber,
como amarte más aun si cabe.
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